Reinvención del liderazgo político en la era de la ciberdemocracia y la tecnopolítica

POR LUIS CARLOS ERIRA TUPAZ*

El proceso de profundas transformaciones en lo tecnológico, económico, social y político caracterizado por la creciente comunicación e interdependencia de las naciones en el mundo, conocido como globalización, introdujo nuevos conceptos en cuanto a participación ciudadana para tramitar los requerimientos y los conflictos de las sociedades y por lo tanto, hoy es muy frecuente hablar de ‘ciberdemocracia’ o de ‘tecnopolítica’ para referir las innovaciones comunicacionales que han transformado sustancialmente la política. Hoy es obsoleto, en consecuencia, hablar de política y democracia para aludir solo a partidos e instituciones representativas.

Dado los avances de las tecnologías de la comunicación la política no se acaba ni se agota en esos escenarios ni en dichas organizaciones partidistas, y mucho menos se debe confundir con lo que los medios de comunicación califican como tal, cuando solo se refieren a la dinámica que se da al interior de las colectividades y a la vida institucional de los gobiernos de turno. Afortunadamente y en buena medida gracias a que hoy la influencia cada vez mayor de la infotecnología y el rol protagónico que cada día asumen los algoritmos (sistema de perfiles demográficos generado a partir del big data), la política cobra mayor sentido cuando la relacionamos con acciones relativas a temas sensibles como la salud, la educación, la vivienda, la cultura, el medio ambiente, la cultura, la economía, la ciencia y la tecnología. Es evidente que en cada una de estas esferas, hay mucha ‘política’ por hacer.  Además, porque el impacto que está teniendo en la vida cotidiana la Inteligencia Artificial (IA) y el aprendizaje automático está transformando paulatinamente la sobrevivencia a nivel planetario, generando con ello un profundo cambio en el sistema de organización de la vida pública a partir de nuevas pautas, impactando sustancialmente los mecanismos de reproducción social y del poder.

Aparejado a esta circunstancia, el liderazgo político y social está tomando nuevos visos en cuanto a su accionar para ponerse a tono con los nuevos desafíos. El ser y actuar de los dirigentes, movimientos políticos y sociales, cobran nuevo significado y una importancia estructural decisiva. Las jerarquías rígidas en los partidos y la defensa de la democracia representativa, prácticamente son cuestiones del pasado. Hoy, se observa la construcción de liderazgos que privilegian la descentralización, la participación y la capacidad de articulación.

Al comenzar la segunda década del siglo XXI, el liderazgo tanto en política como en activismo social se encamina hacia la estructuración de un movimiento de amplio espectro popular como un actor colectivo que interviene en el proceso de transformación de las estructuras socioeconómicas de una comunidad, lo cual va a determinar una identidad que orienta el sentido último de la acción.

Los caducos partidos políticos y las instituciones del Estado, siguen respondiendo a pautas más propias del proceso industrial de los siglos XIX y XX, por lo tanto las respuestas tradicionales ya no sirven. Se nos cambia la vida rápidamente y en contraste, la política tradicional sigue con sus anclajes institucionales y territoriales, que lastran notablemente su capacidad de reacción y de respuesta a los cambios que exigen las nuevas circunstancias que depara un mundo globalizado. A mayor formación de la gente, a más medios de conexión social disponibles, menos se aceptará que a la ciudadanía solo se le atribuya la función política de votar.

El liderazgo tanto a nivel individual y colectivo, entonces, tiene que reinventarse porque la política como lo demuestran movimientos como el 15-M en España en 2011, o las protestas desencadenas a partir del paro del 20N en Colombia en 2019, ha vuelto a formar parte del debate cotidiano como factor determinante para obtener cambios sustanciales en una sociedad, y ese embrión de transformación que se manifiesta de manera constante en las redes sociales, concitando la atención y el despertar de amplias masas populares está orientado a construir bienes comunes en unas sociedades que están agotando sus recursos naturales. De ahí que hoy la democracia es el campo de batalla en el que se va a dilucidar el futuro colectivo.

Vivimos un momento bisagra entre dos épocas: hay procesos, como diría Antonio Gramsci, que no terminan de nacer y otros que no acaban de morir. Hay una política que se deshace mientras otra pelea por definirse, los medios de comunicación tradicionales pierden fuerza mientras emerge un nuevo paradigma comunicacional, los modelos religiosos heredados del pasado se van quedando en el camino y la economía, particularmente lo que hoy se conoce con la denominación de financiarización (que no es más que la especulación por parte de un sector parásito y leonino como el financiero), lo sigue dominando todo. Ahora más que nunca se necesitan voces que definan con claridad los límites de este nuevo mundo; los límites de nuestro tiempo; y es ahí que los liderazgos nuevos o renovados juegan un rol trascendental, articulando expresiones sociales y políticas, así como mejorando la comunicación entre dirigentes y ciudadanos, desarrollando además procesos didácticos para ganar hegemonía en el ámbito cultural y social.

Esos liderazgos tienen que avanzar hacia una concepción de democracia que represente ese mundo común. Y es ahí que aún nos tropezamos con un sistema obsoleto de democracia representativa e institucionalizada, capturada en gran medida por las élites mercantil-financieras que han terminado siendo más impedimento que palanca de cambio. Lamentablemente, en América Latina se ha avanzado muy poco en la irrupción de liderazgos que posibiliten una sintonía con los desafíos que plantea la nueva concepción de Estado y de democracia a partir del fenómeno de la globalización. Así lo demuestra un análisis demoscópico de Latinobarómetro: el 79 % de la población en este hemisferio piensa que los gobiernos están al servicio de los poderosos. Ese segmento poblacional está convencido de que hay una captura del Estado. En general se asocia a la clase política con alta responsabilidad respecto del atraso social y subdesarrollo en que se encuentra buena parte de los países de la región. Al culpar a esa clase, se traslada esa responsabilidad simultáneamente al Estado y a la democracia. En ese contexto, hay otro dato alarmante: el 25 % consultado plantea: “A la gente como nosotros nos da igual un sistema democrático que uno no democrático”, lo cual constituye una reacción peligrosa, por cuanto esa manera de percibir la realidad social y política está dando lugar al surgimiento de esas figuras que irrumpen en los escenarios político-electorales como el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, o líderes religiosos y/o empresariales prometiendo una supuesta regeneración, haciendo creer a la ciudadanía que pueden cambiar el sistema cuando en realidad llegan al poder para ejecutar programas antidemocráticos o están fuertemente involucrados con intereses corporativos.

Esta situación es un clarísimo indicativo de que en América Latina y particularmente en Colombia es urgente regenerar el liderazgo político y social. Las encuestas y los datos estadísticos muestran que hay un hartazgo y una insatisfacción muy fuerte con la clase política que ha gobernado la región hasta ahora. Esa renovación pasa porque entre el líder y el ciudadano haya una conexión, capaz de enamorar a la población para lograr avanzar en la construcción de una república social que posibilite hacer real el concepto de ciudadanía, en el sentido de garantizar cabalmente el cumplimiento de los derechos fundamentales. Se trata además de liderazgos convencidos de la necesidad de contar con una democracia en un mundo que permita la reconciliación entre sujeto y naturaleza. Es decir, sentar las bases para lograr procesos de apropiación social que articulen una nueva relación con la naturaleza, desde la defensa del medio ambiente, que en últimas, constituye salvaguardar la vida en el planeta.

Un liderazgo con ese alcance solo será posible a partir de generar confianza y sintonía con los amplios núcleos sociales para ensanchar el apoyo popular, generando sentido común, desarrollando una dinámica pedagógica constante y sistemática. Así será posible avanzar por la senda de la transformación social y la consolidación de la democracia, pues desde el siglo XV la experiencia tanto teórica como empírica así lo demuestra, cuando el aun injustamente desprestigiado Nicolás Maquiavelo construyó toda una teoría de la legitimidad racionalizada que apunta hacia fórmulas humanísticas y se adentra, de manera muy avanzada a su tiempo, hacia el manejo inteligente del poder. Se trata, en definitiva, de repensar la política y las políticas de respuesta a los desafíos que deparan los nuevos y borrascosos tiempos.

*Asesor jurídico de la Alianza Social Independiente (ASI).